Epílogo de los primeros 50

Sin grandes temores, porque miedos siempre tengo, solo que algunos son más tolerables que otros (o más chiquitos), me atrevo a decir que los 50 escritos que hasta hoy tiene  este blog pueden ser divididos por género. A saber: por un lado están las canciones, Al Buen Vino es el tango que le da origen y título a esta bitácora y sin embargo no es la primera publicación. Luego están las narraciones que van desde extraordinarias, falaces, fantásticas, aguafuertistas, ensayísticas interpretativas  hasta pelotudas y desprovistas de sentido como La Musa  Obediente (de la que habría que decir que la imagen que la acompaña es inexacta, pero por  esconder su sentido no me jugué colocando “El Gran Masturbador” , también de Dalí) . En el mismo género están aquellas narraciones enfermizamente poéticas como Hubo un árbol en el otoño de un lugar cualquiera. Y por último están los poemas, algunos son sonetos, otros no riman ni por asomo; ciertos poemas intentan conservar una sonoridad que nunca les fue propia y que entonces la abandonan a mitad de camino (es lo que le pasa a Inconcluso, Apresurado y a De vos, y tus pies distantes). De todos estos poemas, Puerto de Papel es el mejor logrado, con diferencia, y el más claro en su condición de relatar las aventuras de un sueño místico que tuve mentiras me duchaba en una tarde de Septiembre.

Dos  cosas (a mí también me gusta la palabra “cosa” para significar) de las publicadas no son de mi autoría. Se trata de Viceversa, que decidí publicarla el día de la muerte de su autor: Mario Benedetti; y de la transcripción de la letra del tango Nostalgias, que fue lo único que pude pensar y decidir en ese atroz momento.

Y también hay una noticia que menciona la muerte de Fontanarrosa, me refiero a  Mal, pero ya nos acostumbraremos. Lo digo ahora porque después me será difícil encasillarla en algún párrafo. Vale agregar que Ronda de mate se lo debo tanto al Negro Fotnanarrosa como a las mujeres que no han querido verme. Otra cosa inclasificable es la Carta a mis amigos en el día de mi cumpleaños, escrita el 9 de octubre de 1999 y publicado el 11 de Octubre de 2007, porque siempre hago las cosas tarde.

De los relatos diré que ha sido una búsqueda incesante (quise decir innecesaria), y que aun no acaba, por diferenciarme de mí mismo sin abandonarme. Las primeras cosas (insisto con esta palabra) que escribí con cierta conciencia literaria eran canciones. Usaba un recurso sencillo para ello -a los 9 años hay que tratar de escribir sencillo-: cada verso terminaba en un verbo en infinitivo, que es la manera más práctica de hacer rimar a dos palabras (partir/salir, tener/hacer, amar/cagar/mear y luchar, y cosas por el estilo).  O algunas frases más jugadas como “a vos te escribo/amor prohibido/porque te has ido/de este mi nido” (hago mal en confesar que para este entonces ya andaba alcanzando los 14 años). Después empecé a no cantar esas canciones y me olvidé de cantar. Entonces, sin canto y sin melodía (aparentes)  empezaron a aparecer en unos papeles, que prendí fuego en una caja de cartón y dejé quemarse en el patio de la casa que alquilaba mi familia en la calle Vicente López, unas poesías. Unos poemas asonantes, disonantes, excusándome en la libertad, en la innovación y en la imbecilidad que me ha caracterizado a lo largo de toda la cosa (de toda la vida). Luego, para no seguir en la misma rutina comencé a escribir unos relatos (prendidos fuego también),   y otros más recientes. Los más largos nunca los subí al blog (casi podría incluirlos en una nueva categoría denominada “cuentos”) por una cuestión de economía: siempre supuse, y lo sigo suponiendo, que en general no se leen cosas largas en internet, sobre todo si la lectura se vuelve aburrida; ergo, decidí subir cosas cortas.

Así llegan a aparecer textos completamente desafortunados como A una Anarquista en un intento de convencer a una mujer, que lejos estaba de ser anarquista, de que lea Las Flores del Mal, de Baudelaire, o al menos el poema “A una que pasa”, de ese autor. Y otro texto desafortunado es Al Rescate del Minotauro, pues no todas las noches uno consigue dormirse. Por su parte El salto de las ranas es una manera de significarse, una representación abstracta de un estilo de vida concreto. Este cuento formaba parte de una colección de cuentos breves que nunca continué (hay cuentos que están sin terminar, incluso) porque conocí un bar que se llamaba El salto de la Rana y me desanimó completamente.

Algo parecido sucedió con Ira, que pertenecía a una serie de relatos ensayísticos donde me preocupaba por rescatar los pecados capitales y otros tabúes que he logrado sortear no sin roces y lastimaduras. Ahora bien, de un momento a otro apareció Savater con Los siete pecados capitales y lo mío era tantísimo más escueto que volví a desanimarme. Abandoné ese empréstito también. Dos poemas de este blog forman parte de ese mismo conjunto de cosas: Lujuria y mis ganas de tener sexo eterno y Holgazanería y mis prejuicios acerca del mercado laboral capitalista. De “ira” convendría decir, además, que es un esfuerzo bastante grande de mi parte por comprender las Nociones sobre el Folklore de Antonio Gramsci.

Exetrench es un cuento que acompañaba a “El Salto de las Ranas” en aquel conjunto indefinido e inacabado de cosas desanimadas. Al respecto es bueno aclarar que Miguel Ángel Rey me ganaba siempre al ajedrez, a pesar de que él perdía contra aquellos oponentes a quienes yo más veces derrotaba. Entonces era todo muy raro, y las partidas me las ganaba antes de empezar a jugarlas. Por fortuna apareció Santiago Corral, con quien las derrotas y las victorias fueron más o menos parejas y me permitió llevar adelante este cuento. Exetrench es una palabra árabe cuya traducción es Ajedrez, pero comentarlo de entrada era injusto para el cuento. Además, aclararlo hacía su lectura poco interesante. De todos modos, no haberlo aclarado no derrumbó esta segunda idea de desinterés provocado. Ahora bien Leandro Bianchini me ha enseñado a querer un poco este relato.

Una mera práctica narrativa es Interludio, y no más que eso. Debo la idea de practicar de esa manera a Palahniuk. Más precisamente a Asfixia de Palahniuk. . Y agradezco el sorpresivo e interesante comentario de Paul Warfield sobre ese texto. Otra deuda similar es Si acaso Read escribiese mi muerte, pero en este caso no se lo debo ni siquiera al propio Read sino a Bradbury y a mi propio e inoportuno destino, pues de eso se trata ese cuento.

Sepan disculpar es una sensación de disconformidad. Junto con este relato  empiezan a aparecer otros tantos que no hacen más que mostrarme disconforme y frustrado.Y la disconformidad, la única que vale la pena, es causada por carencias de amor y vino. Creo que con este texto se inicia una excursión por mis lados más endebles y melosos, más satíricos y con romanticismo explícito y sincero.  Anatómica mente es en la misma línea, pero en esta vuelve a aparecer una práctica narrativa que la sustente. Esta etapa se cierra, creo, con De vos y tus pies distantes, aunque las canciones que le siguen intentan no cerrar cosa alguna. Falta agregar, dentro de este grupo,  a Las casas, los cuervos y sus techos donde me esforcé por esconder entre sus letras el nombre de una mujer hermosa. A Sebastián Souza, quien me retase por mi manera de escribir, debo el golpe que me animó a hacer este relato. Y aunque debí concluir con El beso, nunca es bueno un beso para los finales. Por desgracia, para mí, un tiempo antes En el ocaso hubo también un beso.

De A esta piedra no diré mucho más que lo escrito para “Hubo un árbol…”, pues la idea es la misma. Lo que sucedió en los dos casos es que yo nunca me arriesgué a hablar de caminos. Le pedí a Gabriela Giudices que lo haga, y a ella debo A esta piedra.

El último de los relatos, narraciones, cuentos, que aparece es una historia falsa escrita sobre una historia falsa que escribió un tal Borges. En mi caso me refiero a Crónica de la primera muerte de Daniel Simón Azevedo. Increíblemente más magistral es el relato de Borges que le dio origen.

El cuento dedicado Acerca de un nene (que no tiene título) es una forma de escape. En realidad se llamaba de otra manera hace unos años (algo que ver con el nombre Reynaldo, no recuerdo bien) y tenía otro lugar de desarrollo y otro final: el nene volvía. Pero después lo cambié, y encima me encontré con el brevísimo poema El río (que es anterior al relato del nene) y me pareció interesante agregarlo al final del cuento. Aunque también me apreció interesante dejarlo por separado. Y como no me decidía, hice las dos cosas, que es lo más sano que puede hacer un indeciso.

Una mera condición pensante de mi mente, y mi falta de decisión, me pidió (por no decir me obligó) a escribir Los pasos.

Mi costado poético nunca deja de sorprenderme: antes porque me creía bueno, ahora por su empeño por resistir a sabiendas de su desorden y descrédito. De todos ellos hay cuatro que escribí en un viaje a Olavarría, en un colectivo con unos resortes duros y fríos en el asiento, que se te metían hasta el esófago. Son los referidos a una soprano (Soprano 1, 2,3 y 4). Y tienen que ver con un convite al que nunca fui convidado. De allí su pesadez.

Hay otras dos, Breve y triste poema de amor y Sin título 1, que son una misma cosa. Pertenecían a una de aquellas colecciones de la adolescencia que luego decidí escindir, separar, y sólo logré conservar estas dos partes. El resto lo hizo el fuego.

Al alba nace en el alba, luego de unos estudios, brevísimos y autodidactas, que hice acerca de los trovadores medievales. Unos tipos a los que me quise parecer, pero a ellos no les gustaba tanto el alba, según pude leer.

A Adrián Souto y Por el día internacional de la mujer son dedicatorias precisas, cualquiera se da cuenta. Con Adrián me une una amistad inmensa, hay otros tres o cuatro amigos inmensos, pero a causa de unos oídos mal ubicados, le he caído al pobre flaco con estas palabras como para que explote. Por su parte, “Por el día…” ni siquiera lo escribí el 8 de Marzo. Ni si quiera lo escribí con ganas. Ni siquiera sé por qué lo escribí, creo que por necesidad. Pero no sé si era una necesidad mía en realidad.

A Llueve nunca logré darle sentido. Lo mismo me pasó con Inconcluso, apresurado…, al que nunca le encontré un final y debido a las demandas de mi madre, necesitaba una ayuda en la cocina, tuve que abandonar la escritura esa. Con Llueve me pasó igual, pero en aquella oportunidad me demandaba el teléfono fijo de cuando vivía en la calle Perón. El teléfono sonaba porque en la calle no había más que agua cayendo.

Sin título 79 no es que no tenga título, el título es ese. Creo que es el primer poema rimado que hice después de varios años. El poema con  rima anterior había sido “a vos te escribo/amor prohibido/deseo verte/y tenerte te pido” (o alguna cosa así)

Conversaciones con un alma se lo debo a Juan  Sago (alias el Turco), el creador de Pierde un turno y espera, quien me pidió una crítica a una poesía suya. Yo tardé un mes en hacerle la crítica, y se la hice en forma de poesía. Algo semejante pasó con Esa noche llovía, aunque aquí nadie pidió una crítica de mi parte. Es que Bruno Cappello no hubiese tenido ganas de escuchar esa crítica.

Otra vez Borges, y la desunión del amor y la unión del espanto que le hace querer tanto a Buenos Aires, me llevó a escribir La causa de otra disconformidad dada. Aunque más debería culpar yo a El libro de arena que al propio Borges. También debería culpar al descanso, que es el tema central de todo el poema.

Encontré una calle ladrando lo único que intentó hacer fue llegar a ser la publicación número 50. Y no es poca cosa. Si bien lo escribí antes que el cuento de Azevedo o la Zamba, la incluí para que sea la 50 y poder publicar este epílogo. Habla de la mendiguez y de la perturbación de las multitudes.

Las canciones son otra cosa. De hecho, algunas no lo eran y lo terminaron siendo. Otras pretendieron ser grandes explicaciones metafísicas y por esa misma razón se convirtieron en canción, tal es el caso del mencionado Llueve, que terminó siendo canción por la insistencia de B. Cappello; o La Carolina, que trata sobre un viaje a un pueblo en San Luis que lleva ese nombre e intento describirlo con esta canción. El Flaco Souto la quiso hacer chacarera, pero S. Corral le ganó de mano y la hizo flamenco.

Es rock Anywhere, y también la desesperación ante la muerte ajena. Uno no se hace cargo de la muerte propia, pero cómo le joden las ajenas.

El otro tango, además del que le da título al blog, es  Por eso esta canción (tango), que no es tan parecido a Nostalgia como yo creía ni menos desventurado que Milonga Sentimental, aunque el dolor que en algún momento me causó la sensación de saber  que ya no existía un tipo de amor como el que soñaba antes de los 16 años tuvo que ser contado mediante este tango.

La Zamba tristona y amarga está inconclusa armónicamente hablando. Apenas si he logrado darle buena forma al estribillo. Como zamba zafa bastante bien, pero no hubiese resistido ser cualquier otro género.  El tema que aborda es bastante claro, y lo suficientemente triste para ser contado mediante una zamba.

Nada es lo que es. Es eso. Es todo. Y todo lo que hay acá. No pude escribir, fue un silencio. Un silencio ante la mirada. Estaba dedicado, iba a decir todo lo que tenía que decirle, pero mejor no. Mejor no decirle nada. Mejor decirle todo con Nada. El silencio es ese momento prolongado entre una palabra y la que sigue, a veces resulta necesario hacerlo durar un poco más de lo habitual.

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~ por Franco en 13 de febrero de 2010.

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