EN EL OCASO HUBO TAMBIÉN UN BESO

Yo tengo la dicha de haber leído no tantas historias como las que he oído. En cada lugar siempre habita un narrador, sus moradas pueden ser cualquier cosa: una esquina, un puente, una barcaza, una escalinata, una columna. Cualquier construcción sirve para albergar a un narrador de historias. También un árbol, una orilla, un atardecer o un espejo. Otra dicha tengo yo: suelo recordar casi con suficiencia los relatos de estos narradores. Algunos son dóciles, otros escalofriantes. Los hay demasiados tristes también. Hay narradores que no acaban nunca de alentar al viento, otros hacen humoradas y algunos hasta se fatigan de contar lo que cuentan y sin embargo lo siguen contando.

No todos suelen hacer regalos. A cierto tipo de narradores hay que robarles algo, otros son intocables. Pero de casi todos tengo alguna señal. Uno, su nombre carece de valor, el que mora en el cordón de una vereda angosta (no recuerdo si en la calle Suipacha o Esmeralda), me regaló una máscara. Otro, de aspecto irlandés, me dijo que si quería podía tomar de su galpón una jaula o una daga quebrada. Yo agarré las dos cosas, poniendo la daga dentro de la jaula para que se confunda con un pájaro y me llevé ambos regalos. A una esbelta mujer, de unos 70 años, cuyo pelo era atenazado por una peineta dorada, le robé un espejo, y con él una imagen.

La jaula la dejé en mi habitación, la daga la guardo entre mis pantalones, la máscara la solía usar en épocas del carnaval o en fiestas de disfraces. Y el espejo, el que le robé a la vieja esbelta, me enseñó a narrar mis propios periplos.

A ese espejo, cauto y avaro como pocos elementos en el mundo, lo coloqué sobre una pequeña mesa de maderas torneadas que hay en la sala de mi propia morada. Detrás, en su envéz, le fije una pértiga de un metal liviano (no recuerdo si aluminio o cuál) para que se mantenga erguido. Cuando la luz del sol entra por el ventanal de dos hojas, entre las 12:00 y las 18:30 en verano y entre las 14:00 y las 16:30 en invierno, se vuelve y disipa al llegar al espejo que está parado y solitario en un rincón. El sol, pues, pasa dos veces por mi casa, y eso no sucede en muchos lugares. El espejo, así, cuenta dos veces sus historias para que el sol se las lleve al cosmos.

Esta es mi narración, muy lejos está de ser afable. No poseo la pericia de aquellos grandes narradores a los que he conocido, pero mis deseos también son válidos, al menos esta vez. Este es mi propio viaje, lo que me devolvió el espejo. Nunca pretendí llegar muy lejos, apenas, al menos, estar en movimiento. Lo primero que pude saber es que partí en un barco de papel, en un día nublado. La sensación era en todo el cuerpo. Todo el cuerpo era una sensación. Desde ese barco desvencijado pero inhundible comencé a sentir que el mundo se iba desfigurando, esfumando y, por fin, desapareciendo. El mundo de alrededor del barco dejaba de existir y el agua sobre la que íbamos navegando se evaporaba y ascendía. Sin agua, así y todo, se oía el canto de las sirenas. Alguien o algo me mantenía atado. Eran unas ataduras frágiles, dulces, húmedas y extáticas.

El barco, sobre la nada, seguía adelante, donde había más de esa misma nada. Una refracción del sol sobre el lejano espejo me empezó a servir de guía, y el cosmos estaba a mis pies, a mi alcance, en mis ojos y entre mis dedos. La música, que no venía de ninguna parte, me elevaba. El camino de unas manos era eterno y cálido, fugaz y suave y plural… como las alas de un ángel pretérito.

La caricia de una cabellera negra, azabache, la mirada de unos ojos negros y un sol aparecieron en el horizonte. Entonces entendí que iba viajando hacia el ocaso o hacia el amanecer, no supe bien al principio. Tampoco me esforcé demasiado por saberlo. Más tarde logré comprender algo: fue cuando me di cuenta que en el ocaso están escondidos todos tus besos, al tiempo en que tus besos dejaron de ser tales para conmigo.

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~ por Franco en 27 de julio de 2009.

Una respuesta to “EN EL OCASO HUBO TAMBIÉN UN BESO”

  1. […] Sepan disculpar es una sensación de disconformidad, junto con este relato  empiezan a aparecer otros tantos que no hacen más que mostrarme disconforme y frustrado.Y la disconformidad, la única que vale la pena, es causada por carencias de amor y vino. Creo que con este texto se inicia una excursión por mis lados más endebles y melosos, más satíricos y con romanticismo explícito y sincero.  Anatómica mente es en la misma línea, pero en esta vuelve a aparecer una práctica narrativa que la sustente. Esta etapa se cierra, creo, con De vos y tus pies distantes, aunque las canciones que le siguen intentan no cerrar cosa alguna. Falta agregar, dentro de este grupo,  a Las casas, los cuervos y sus techos donde me esforcé por esconder entre sus letras el nombre de una mujer hermosa. A Sebastián Souza, quien me retase por mi manera de escribir, debo el golpe que me animó a hacer este relato. Y aunque debí concluir con El beso, nunca es bueno un beso para los finales. Por desgracia, para mí, un tiempo antes En el ocaso hubo también un beso. […]

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