EXETRENCH

Batalla de Waterloo, de William Sadler

 

Resuena fatigada la ronca música de las trompetas.
Altivo e indómito, el caballo de crines blancas como la espuma, salta el arrebatado escuadrón. Irá en busca constante de aquel que, al otro lado, espera escondido… protegido. Pero su avance resulta efímero las muchas de las veces, pues debe retroceder a cada movimiento de sus contrarios.
El castillo del lejano horizonte suele ser impenetrable, las bien edificadas torres de ladrillos a la vista se encuentran rodeadas de vigilantes guerreros de poca talla.
Desde el oscuro reino surgen unos luchadores incansables que intentan detener los embates de la clara caballería. Y hacen retroceder a los soldados a caballo. Estos serán asistidos por aquel escuadrón que había sido soslayado al principio. Y las estrategias inician su participación, no sin antes percibir los movimientos ajenos.
Los oblicuos desistirán de permanecer en torno al rey, en pos de lastimar al enemigo. Y los rectos permanecen deambulando su propio reino en actitud defensiva.
Las banderas de cada uno flamean entre las caballerías, en medio de gritos y alaridos destrozadores que penetran en todo Oriente. El campo de batalla se vuelve sangriento. El rey precipita sus órdenes, y constantemente auspicia la victoria.
Tanto los oscuros caballos como los claros avanzan y retroceden interminablemente, hasta que una daga o un disparo desde lo alto de las torres les dan muerte a los jinetes. Entonces huyen solitarios si es que acaso esa misma muerte, o tal vez otra muerte, no los abraza a ellos también.
Los oblicuos guerreros van y vienen simulando ser mensajeros, defienden y atacan a la vez. Escapan y atrapan. Se esconden tras el grueso escuadrón de poca talla. Tampoco ellos se pueden poner fuera del toque que la muerte les tiene preparado de antemano, y que sólo Dios conoce el oportuno instante.
Los más agresivos de todos, esos de poca talla, no retroceden jamás. Resultan ser como Kamicazes. Intentan controlar una situación incontrolable. Unos pocos se quedan a defender a su rey, que para esta altura ya se empieza a refugiar en uno de los costados del reino. Postrero, iracundo y temerario, ese rey exige tal defensa. La lucha se torna tremenda, homérica. Por momentos parece no tener fin.
El campo de batalla es inundado por ríos de sangre: de guerreros agresores (como bien los ha denominado Borges), de osados caballos, de oblicuos mensajeros desprevenidos y dispuestos. Escombros de torres protectoras ensucian el tranquilo paisaje que alguna vez tuvieron los reinos afrontados. Pero como en cualquier acto bélico, uno y solamente uno resultará ser vencedor. El olvido y la vergüenza esperan apaciblemente al perdedor en las proximidades del terreno, para abrazarlo y llevarlo consigo.
Cuando la zona está ya árida, intransitable, hace su aparición leal la armada reina, mostrando una valentía poco usual. Dejando entrever una fidelidad digna de admiración, ataca fervientemente, más que cualquiera de los guerreros del reino. De uno y de otro bando se acerca inmutable la reina, que espera seducir al rey adversario y consumar así la victoria.
La lucha se vuelve más intensa aún. Los soldados buscan y encuentran trincheras en el suelo, porque el paisaje está cada vez más desolado, gracias a la muerte y a la puntería y certeza de unos disparos y de las dagas correctamente manejadas. Cualquiera que vea está escena no dudará en quitar la vista, pues el horror y el espanto que a uno lo invaden son cosa insoportable para cualquier mortal.
La increíble belleza de la reina puede llegar a confundir, a desorbitar a los loables soldados. El final del conflicto se aceleraría si ello sucediese, y la seductora sería la vencedora en tal caso. Pero desde un rincón el rey logra entender la trama de todos estos ejercicios, y grita desesperado a sus hombres para conseguir la avanzada final. Un jinete, que súbitamente aún permanece con vida, logra penetrar en el castillo ajeno. Mira a la cara al solitario rey, pero este le da muerte. El caballero no tiene compañía, y en la escena está más solitario que el rey. Ahora si, los ríos de sangre invaden los castillos. El final es irremediable, como siempre.
Escombros, sangre en uno y en otro lado del campo de batalla, y también en el mismo centro. Cuerpos descuartizados que invitan a un paseo presuroso por ser harto desagradable. Mensajeros que no han llegado a destino expiran por última vez. La noche acaricia la región y los guerreros se alimentan de carne de caballo cruda. En el descanso preparan estrategias y juegan a arrojarse piedras. Los campamentos huelen a osamenta y las lechuzas de los árboles intentan silenciar la oscuridad.
Con el crepúsculo del día siguiente se inician las actividades, la guerra parece no tener fin. Uno y otro bando logra entrar al reino ajeno sin conseguir más muertes foráneas que bajas propias. Se evidencia una guerra interminable. Aunque el olvido y la vergüenza esperan pacientemente al vencido, esta vez hay tablas. Aquí solo existió una manera de jugar al ajedrez, entre tantas otras

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~ por Franco en 19 de marzo de 2007.

3 comentarios to “EXETRENCH”

  1. Muy bueno loco, me sentía un observador de primera clase en la batalla, muy bueno en serioLeo

  2. un abrazo, a mi eterno rival

  3. […] Exetrench es un cuento que acompañaba a “El Salto de las Ranas” en aquel conjunto indefinido e inacabado de cosas desanimadas. Al respecto es bueno aclarar que Miguel Ángel Rey me ganaba siempre al ajedrez, a pesar de que él perdía contra aquellos oponentes a quienes yo más veces derrotaba. Entonces era todo muy raro, y las partidas me las ganaba antes de empezar a jugarlas. Por fortuna apareció Santiago Corral, con quien las derrotas y las victorias fueron más o menos parejas y me permitió llevar adelante este cuento. Exetrench es una palabra árabe cuya traducción es Ajedrez, pero comentarlo de entrada era injusto para el cuento. Además, aclararlo hacía su lectura poco interesante. De todos modos, no haberlo aclarado no derrumbó esta segunda idea de desinterés provocado. Aunque bien Leandro Bianchini me ha enseñado a querer un poco este relato […]

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